Rio de Janeiro en una semana: colores, lluvia tibia y caos feliz

Por : Maria Sepulveda | Publicado: 20 de Enero 2026

Rio fue la primera ciudad que me desordenó el ritmo

Hay viajes que no se te quedan solo en la cabeza. Se te quedan en el cuerpo.

Rio de Janeiro fue uno de esos.

No sé si fue el contraste inmediato con Chile, o esa energía que no se puede ordenar en una lista de lugares. Pero desde que llegué sentí algo que no me había pasado antes: una mezcla rara entre caos y alegría, como si la ciudad estuviera demasiado viva para adaptarse al ritmo que yo traía desde casa.

En Rio también entendí por primera vez lo que se siente no saber el idioma. Esa frustración de querer hablar, conectar, preguntar, reírte con otros… y quedarte corta. Fue incómodo, sí, pero también fue una puerta: me obligó a mirar más, escuchar distinto y aceptar que viajar a veces es aprender a estar en lo desconocido.

Fui hace 10 años, por una semana, en mayo, en temporada baja. Viajé con un amigo y aunque en teoría era un viaje “corto”, se convirtió en uno de esos recuerdos que se sienten recientes incluso cuando el calendario insiste en lo contrario. Hoy, escribiendo este post y volviendo a ver fotos que nunca publiqué, siento que estoy abriendo una página guardada de mi diario de viajes.

Quizás tú también estás pensando en escaparte aunque sea unos días. Si es así, ojalá esta historia te acompañe y te deje con ganas de mirar el mundo con otros ojos.

El primer golpe: tráfico, colores y una lluvia que no dolía

Lo primero que me sorprendió fue el tráfico. No era solo “mucho auto”. Era un movimiento constante, agresivo, casi coreografiado. Como si todos hubieran aprendido a manejar dentro de una urgencia colectiva. Yo miraba las calles y pensaba: ¿cómo funciona esto sin colapsar?

Pero lo más extraño no fue el ruido. Fue la lluvia.

Porque llovía… y era tibia.

Para alguien que había vivido toda su vida en Chile, donde la lluvia viene con frío y cara larga, esa lluvia cálida era una contradicción. Mi cuerpo no sabía si correr o quedarme quieta. En vez de incomodarme, me dejó confundida. Era como si el clima me estuviera hablando en un idioma nuevo, antes incluso de entrar al portugués.

Y ahí apareció la primera frustración real del viaje: yo quería conversar. Yo quería preguntarle cosas a la gente. Quería explicar de dónde venía, entender lo que decían, reírme sin tanta traducción mental. Pero no podía.

No hablar portugués fue como caminar con una puerta semi cerrada frente a ti: avanzas igual, pero sabes que te estás perdiendo algo. Esa semana me dejó una idea fija: quiero aprender más. Quiero volver con más palabras.

Y no solo eso. Desde ese viaje también se me quedó grabada otra idea que, sin darme cuenta, me acompañó en los años siguientes: si quería viajar más, conectarme mejor y moverme con más seguridad, tenía que mejorar mi inglés también. Rio fue la primera vez que sentí en serio lo que significa estar en un lugar donde no puedes comunicarte como quieres.

Hasta el día de hoy sigo en ese camino. Y aunque el portugués todavía me cuesta, cada vez que escucho el idioma me acuerdo de esa semana en Rio, de esa frustración silenciosa… y de las ganas enormes que me dejó de entender un poquito más.

Santa Teresa: mirar Rio desde arriba (y sentir que algo cambia)

Nos quedamos en Santa Teresa, y todavía recuerdo esa sensación de altura.

No era solo el barrio. Era lo que provocaba: la vista desde el cerro hacia la playa, la ciudad extendida, el mar al fondo, los techos, las pendientes, el verde apareciendo entre construcciones.

Santa Teresa me hizo sentir que Rio tenía capas. Que no era solo playa, ni solo postal. Era una ciudad donde mirar también era parte del viaje.

Y además, me enamoraron los colores. Las casas tenían esa mezcla de tonos que no intenta verse perfecta, pero se siente viva. Caminábamos y todo parecía más intenso: los muros, los detalles, y sobre todo ese verde… un verde profundo, casi exagerado, como si la naturaleza estuviera reclamando su lugar en medio de la ciudad.

Elegí específicamente esa posada porque quería una vista bonita y un lugar tranquilo para descansar, pero terminó siendo un pequeño giro inesperado del viaje: misteriosamente, los dueños eran dos hermanos canadienses. Y para mí, eso fue un regalo.

En ese momento mi inglés era bastante rústico, pero conversar con ellos, aunque fuera con frases cortas y mucha paciencia, me dio seguridad. Fue una de esas situaciones simples que te recuerdan que viajar también es eso: aprender a comunicarte como puedas, equivocarte sin vergüenza y entender que, a veces, una conversación pequeña puede hacerte sentir menos extranjera.

Esa fue una de las primeras cosas que me gustaron de Rio: no te obliga a correr desde el primer minuto. Te puede empujar al ritmo, sí, pero también te deja detenerte. Y desde arriba, con esa vista abierta, uno entiende por qué este lugar se siente tan magnético para tanta gente.

Copacabana e Ipanema: nubes, pescadores y el agua tibia que nos delató

Fuimos a Copacabana e Ipanema con el día nublado. Y eso, en otro lugar, habría sido una pequeña decepción. Pero en Rio se sintió distinto.

La playa no estaba llena. No había tanta gente tomando sol. Había pescadores. Siluetas en la orilla. Un ambiente más quieto, como si la ciudad hubiera bajado la música un ratito.

Aun así, nos metimos al agua.

Y ahí pasó algo muy simple, pero que para mí fue enorme: el mar estaba tibio.

Para quienes crecimos con el Pacífico helado, ese detalle se siente como un privilegio. El cuerpo reacciona distinto. El agua no te castiga. Te recibe.

La gente nos miraba raro, como si no entendieran por qué queríamos nadar con el cielo gris. Pero nosotros estábamos felices. Era como si el día no hubiera arruinado nada. Solo le hubiera puesto un filtro más real.

Comimos camarones fritos en la playa y tomamos cervezas y caipirinhas. Sal, limón, azúcar, ruido, humedad. Ese tipo de felicidad simple que se te pega en la piel. De esas que no se explican bien, porque son más sensaciones que hechos.

Mi versión simple de felicidad: playa + Brahma + aire tibio.

Y si te gustan las compras, en esta parte de la ciudad también hay algo que llama la atención: una cantidad enorme de trajes de baño. Colores, cortes distintos, estampados que parecen diseñados para el verano eterno. Yo miraba vitrinas y pensaba que en Brasil la playa no es solo un lugar: es una identidad. Y se nota hasta en cómo se visten para caminar por la costanera.

La catedral: cuando la arquitectura te hace quedarte en silencio

Visitamos la Catedral de Rio de Janeiro y me dejó marcada por algo que no esperaba: la arquitectura.

Fue uno de esos momentos donde entras a un lugar y tu cabeza se detiene.

No era la típica catedral que una imagina. No era esa belleza clásica y europea que yo conocía. Esto era distinto, monumental, moderno, imponente. Una estructura que parecía más cercana a una escultura que a un templo.

Recuerdo mirarla y pensar: nunca había visto algo así.

Entré solo por curiosidad… y me quedé en silencio catedral metropolitana de rio de janeiro vitrales

Adentro, el espacio se sentía enorme. Y aunque no soy una persona religiosa en el sentido tradicional, me pasa algo con los lugares que tienen silencio propio. Esa catedral tenía un tipo de gravedad que te obligaba a bajar el volumen, aunque fuera solo por unos minutos. Como si la ciudad te diera un respiro entre tanta energía.

Lapa y Selarón: el arte como cicatriz hermosa

También recorrimos los Arcos de Lapa y la Escalera de Selarón.

Los Arcos tenían esa presencia de lugar que ha visto pasar demasiadas historias. Se siente antiguo y cotidiano al mismo tiempo. Y Selarón… Selarón fue otra cosa.

La Escalera de Selarón fue como ver la personalidad de Rio concentrada en una pared: color, exceso, mezcla, ruido visual, y aun así armonía. Como si a la ciudad no le importara ser discreta, porque nunca lo ha sido.

Me acuerdo de quedarme mirando detalles. Azulejos con frases, azulejos con banderas, azulejos con pedazos de mundo. Era una escalera, sí, pero era también una declaración: aquí la vida no se vive en tonos neutros.

Y hay algo más que en ese momento me dio una emoción especial: saber que fue creada por un chileno. No sé cómo explicarlo, pero fue como encontrar un pedacito de casa en medio de Brasil. Un recordatorio de que, incluso lejos, uno se cruza con historias que te conectan con lo que eres.

Cristo Redentor: la multitud, la niebla y el cielo abriéndose por segundos

Fuimos al Cristo Redentor y lo primero que nos sorprendió fue la cantidad de gente.

Imagínense: hace 10 años ya estaba lleno. Hoy, honestamente, debe ser todavía peor.

Yo esperaba emoción, sí, pero también cierta calma. Y no. Era un lugar con movimiento constante, cámaras levantadas, gente intentando encuadrar la misma foto, conversaciones en todos los idiomas posibles.

Lo más particular fue esto: te dicen si vas a tener visibilidad o no. Y para nosotros era casi nada.

Había poca visibilidad, cielo cerrado, esa sensación de “quizás no vamos a ver nada”.

Y de pronto pasó.

El cielo se abrió por un momento.

No fue largo. No fue eterno. Fue un regalo breve. Un corte en las nubes. Pero fue suficiente para ver al Cristo apareciendo, enorme, como si hubiera estado esperando detrás de una cortina.

Cristo Redentor en Rio de Janeiro con nubes y poca visibilidad durante mi viaje

Ese instante tuvo algo simbólico: como si Rio te dijera “ok, te lo muestro… pero no te acostumbres”.

Y aunque la multitud era intensa, ese segundo de claridad lo cambió todo. Porque en el fondo, a veces el viaje no te regala lo que quieres cuando tú quieres. Te lo regala cuando se le da la gana.

Pan de Azúcar: el teleférico gigante y los monos que no esperábamos

El Pan de Azúcar fue emoción pura.

Teleférico al Pan de Azúcar en Rio de Janeiro con vista de la ciudad

Subirte a ese teleférico gigante fue una mezcla entre adrenalina y fascinación. Estar suspendida mirando la ciudad desde arriba… es una de esas sensaciones que no se te olvidan.

Me acuerdo del vidrio, del aire, de ese pequeño silencio interno que aparece cuando estás muy arriba y te das cuenta de lo pequeña que eres.

Pero lo más gracioso es que no solo fue la vista.

Mientras esperábamos el teleférico, vimos monos cerca del restaurante. Así, como si fuera normal. Como si en Rio fuera completamente natural que la naturaleza aparezca en medio de una experiencia turística.

Y esa fue otra enseñanza silenciosa del viaje: Rio es una ciudad donde lo salvaje y lo urbano conviven sin pedir permiso.

Tijuca: lluvia, colores, poca gente… y paranoia

El bosque de Tijuca fue uno de los días más intensos, pero no por el bosque en sí.

Fuimos en micro, y en ese tiempo no era tan simple orientarse. No hablábamos el idioma, no sabíamos si íbamos bien, no teníamos esa calma de revisar todo en el celular como hoy.

Tijuca nos regaló lluvia. Y con la lluvia llegaron los colores.

Verde profundo. Tierra mojada. Aire húmedo. Poca gente.

Era hermoso.

Pero también fue el día en que sentimos paranoia.

Vimos el mismo auto en distintas partes del camino. Varias veces. Aparecía adelante. Después más atrás. Después de nuevo cerca.

En un momento nos miramos con mi amigo y sin decirlo del todo, ambos pensamos lo mismo: ¿nos están siguiendo?

Esa sensación fue real. No sé si fue coincidencia o si nuestra mente exageró por nervios, por idioma, por estar lejos de casa. Pero me acuerdo perfecto del miedo frío en el estómago, contrastando con el aire tibio del bosque.

Y eso también es viajar: no solo lo bonito.

Es el cuerpo alertándose. Es la intuición. Es la vulnerabilidad de estar en un país donde no controlas el idioma, ni el entorno, ni las reglas invisibles.

Al final no pasó nada. Volvimos bien.

Pero esa caminata me enseñó una verdad simple: en Rio, incluso lo hermoso puede sentirse intenso.

Las 10 frases en portugués que me habría gustado saber

No porque el idioma “te salve”, sino porque abre puertas. Y en Rio, las puertas más lindas casi siempre están hechas de conversación.

  1. Oi, tudo bem? — Hola, ¿todo bien?

  2. Bom dia / Boa tarde / Boa noite — Buenos días / Buenas tardes / Buenas noches

  3. Por favor — Por favor

  4. Obrigada — Gracias (si eres mujer)

  5. Desculpa / Com licença — Perdón / Con permiso

  6. Eu não falo português — No hablo portugués

  7. Você fala espanhol? — ¿Hablas español?

  8. Pode falar mais devagar? — ¿Puedes hablar más lento?

  9. Quanto custa? — ¿Cuánto cuesta?

  10. Onde fica…? — ¿Dónde queda…?

Lo que Rio me dejó (y por qué quiero volver)

Rio fue colores, sí.
Fue playa, sí.
Fue caipirinhas y camarones fritos, sí.
Fue arquitectura que me dejó en silencio.
Fue un Cristo escondido detrás de nubes.
Fue un teleférico gigante con el corazón acelerado.
Fue un bosque con lluvia bonita y paranoia real.

Pero sobre todo, fue una ciudad que me dejó despierta.

Me mostró un tipo de alegría distinta. Me mostró una lluvia que no dolía. Me mostró lo incómoda que se siente la barrera del idioma cuando tú sí quieres conectar. Me mostró que un viaje corto puede quedarse contigo por años.

Yo quiero volver.

Quiero volver a recorrerlo más lento, con más calma, con más palabras en portugués, sin correr tanto por verlo todo. Quiero volver no para repetir exactamente lo mismo, sino para ver qué parte de mí se encuentra con la ciudad esta vez.

Porque ahora entiendo algo:

Rio no es un lugar para “hacer check”.
Rio es un lugar para sentir.

Y a veces, cuando un lugar te hace sentir tanto… aunque hayan pasado 10 años, se sigue sintiendo como ayer.

Si llegaste hasta aquí, quizás te pasa lo mismo que a mí: hay ciudades que se quedan contigo por años.
Y ya que Rio me regaló calor, lluvia tibia y caos feliz… me dan ganas de invitarte al contraste total: Chile en invierno.

Muchos brasileños viajan a Chile para ver nieve, tomar chocolate caliente y volver con maletas llenas de compras en Santiago.
Si te tienta esa idea, acá te dejo una historia desde mi lado del mundo:

➡️ Guía completa de Santiago de Chile: Qué ver, qué comer y consejos de Viaje
(la ciudad perfecta para mezclar cultura + cafés + compras antes de ir a la nieve)

Maria Olivia

Soy María Olivia, chilena en Australia y creadora de Sin Itinerario Viajes. Comparto historias reales y guías prácticas (Working Holiday, vida en Australia y viajes con bienestar) para que planifiques mejor, viajes con calma y vivas cada destino con propósito.