Choque cultural y síndrome del impostor: trabajar en Australia siendo extranjera
Durante meses almorcé sola. No porque quisiera, sino porque nadie me invitó. Venía de un país donde a la persona nueva se le integra, se le pregunta, se le arrastra a la mesa aunque no conozca a nadie. Acá aprendí, entre turnos de doce horas y ganas de llorar cada noche, que trabajar en Australia siendo extranjera es otra cosa.
Esta es la parte que los blogs de visa y requisitos no te cuentan: el choque cultural en la oficina, la barrera del idioma en el trabajo, la soledad viviendo en el extranjero y ese síndrome del impostor que aparece justo cuando crees que ya te acostumbraste. Nadie te explica cómo es, en el día a día, adaptarse a vivir en otro país mientras además intentas construir una carrera.
El primer choque: cuando nadie te invita a almorzar
Cuando pienso en mis primeros años trabajando en Australia, la imagen que me llega primero no es una oficina ni una reunión: es la hora de almuerzo. Yo, sola, con mi comida, mirando de reojo los grupos que ya estaban armados. Nadie fue pesado conmigo. Nadie me trató mal. Simplemente… nadie me invitó. Ni a almorzar, ni a tomar un café, ni a nada.
En Chile eso habría sido impensable. Allá, la persona nueva llega y alguien le dice "oye, ¿almorzaste? Vente con nosotros". Es casi automático. Acá el sistema es más individualista: cada uno hace lo suyo, respeta tu espacio y asume que si necesitas algo, lo vas a pedir. Con el tiempo entendí que no era mala onda, era otra cultura. Pero en ese momento se sintió como estar fuera de la manada, y esa soledad viviendo en el extranjero fue uno de los choques culturales más fuertes que viví, mucho más que el idioma o la comida.
Cuando tu cerebro está en shock: el idioma y lo nuevo
Hay algo que pasa cuando trabajas en tu segundo idioma y nadie te lo advierte: el cansancio mental. No es solo hablar inglés, es pensar en inglés, escribir correos en inglés, entender chistes en inglés, y todo eso mientras intentas hacer bien tu pega.
Acá conocí lo que es que te miren raro porque no puedes pronunciar una palabra. Conocí lo que es tener el cerebro tan en shock que te cuesta concentrarte en una reunión, y salir preguntándote si entendiste bien o si acabas de comprometerte a algo que no cachaste. Y conocí la frustración de saber, en tu cabeza, exactamente lo que tienes que hacer, pero recibir información tan ambigua que terminas convencida de que lo estás haciendo todo mal.
A eso súmale entrar a trabajar en un área donde eres nueva. En mi caso, estaba estudiando Information Technology y entré como trainee en tecnología. O sea: idioma nuevo, industria nueva, vocabulario técnico nuevo, cultura laboral nueva. Todo al mismo tiempo.
Mi primer año: turnos de 12 horas y ganas de llorar
Mi primer año fue una mezcla de turnos de doce horas, clases, pruebas y un agotamiento que no le deseo a nadie. Trabajaba y seguía estudiando, así que no había mucho espacio para procesar nada: era levantarse, rendir, volver a casa, estudiar, dormir poco y repetir. Hubo muchas noches en que me acosté con ganas de llorar. Y varias en que lloré no más.
Te cuento esto no para dar pena, sino porque creo que es importante decirlo: emigrar y construir una carrera profesional en otro país es duro, incluso cuando "te está yendo bien" en el papel. Desde afuera se ve como un logro tras otro. Desde adentro, muchas veces se siente como sobrevivir la semana.
Síndrome del impostor: cuando vienes de un país donde no puedes fallar
El síndrome del impostor acá se hace fuerte. Te pega en el ego, te hace dudar de cosas que dominas, te susurra que en cualquier momento se van a dar cuenta de que "no eres suficiente". Y para quienes venimos de un país donde siempre te piden ser el mejor, donde fallar no es una opción, esa carga se vuelve pesada.
En Chile crecí con la idea de que el error es vergüenza. Que si te equivocas, quedas mal. Que hay que llegar con todo resuelto. Y con esa mochila llegué a un ambiente laboral donde, irónicamente, equivocarse es parte normal del proceso, pero yo no me daba ese permiso.
Lo curioso es que el síndrome del impostor también me enseñó cosas. Me enseñó a ser humilde. Me enseñó a confiar en el proceso, aunque no viera resultados inmediatos. Y me enseñó que la seguridad profesional no se construye no fallando nunca, sino fallando, aprendiendo y siguiendo.
Lo que haría diferente después de 4 años trabajando en oficina
Hoy, con cuatro años trabajando como profesional acá, miro hacia atrás y hay varias cosas que haría distinto. No para castigar a la Mari de esos años, que hizo lo mejor que pudo con lo que tenía, sino porque quizás a ti te sirvan antes de pasar por lo mismo:
Desafiaría mis miedos primero. Haría la pregunta en la reunión aunque me temblara la voz. Pediría ayuda antes de pasarme horas perdida. El miedo al ridículo me costó más tiempo y energía que cualquier error real.
Sería más estratégica. Antes de entrar a un trabajo, leería más sobre la empresa, el equipo y la industria. Llegar con contexto no elimina el choque, pero te da piso para pararte.
Prepararía mi idioma técnico. No basta con el inglés conversacional: cada industria tiene su vocabulario, sus siglas, su jerga. Estudiarlo antes te ahorra meses de sentirte perdida en reuniones.
Buscaría a ese amigo de oficina desde el día uno. Esa persona que te explica lo que nadie documenta, que te dice "tranquila, a todos nos pasó". Si nadie se acerca, me acercaría yo. Un café puede cambiar tu experiencia completa.
Me permitiría fallar. Aprendería a no tenerle miedo al ridículo. Y si alguien se ríe de mí, diría: fallé, pero aprendí esto. Punto.
En el camino hubo muchos personajes: gente que me ayudó sin conocerme, gente que me hizo sentir invisible, gente que me enseñó paciencia sin saberlo. Todos, de alguna forma, fueron parte de aprender a adaptarme y a manejar mi frustración.
¿Es normal sentir esto? El síndrome del expatriado
Si estás pasando por algo parecido, quiero decirte algo primero: tiene nombre, y no eres la única. Lo que sentí esos primeros años calza con lo que hoy se conoce como síndrome del expatriado: esa mezcla de soledad, descoloque y cansancio emocional que aparece junto a la aventura de vivir afuera, aunque en el papel "te esté yendo bien". Y el síndrome del impostor que describí más arriba tampoco es una rareza tuya: es algo que muchas personas expatriadas viven en algún momento, sobre todo si eres mujer y parte de una minoría en tu nuevo entorno laboral. Si quieres profundizar en el tema, hay bastante información disponible buscando "síndrome del expatriado" o "impostor syndrome expats".
Nombrarlo no lo resuelve todo, pero ayuda. Deja de sentirse como una falla personal y empieza a verse como lo que es: una etapa esperable de adaptarse a vivir en otro país, con su propio proceso y sus propios tiempos. Si en algún momento la soledad o el cansancio de interpretar códigos distintos todo el día se vuelve demasiado pesado, buscar apoyo profesional también es parte válida del proceso, no una señal de que no puedes con esto.
¿Y qué es la resiliencia, al final?
Trent me lo dijo muchas veces: "este rol te está enseñando resiliencia". Y sé que tiene razón. Pero también me he preguntado qué significa eso de verdad, porque desde adentro la resiliencia no se siente como una palabra bonita de LinkedIn.
Para mí, resiliencia fue sentirme mal y seguir yendo igual. Fue no querer estar en un lugar donde me sentía fuera de la manada, y aun así presentarme cada día hasta que ese lugar dejó de asustarme. No es glamoroso. No se siente como crecimiento mientras lo vives. Se siente como aguantar. El crecimiento lo ves después, cuando miras hacia atrás y te das cuenta de todo lo que cruzaste.